Inventando Historias

Mar

Mar. Mar camina sola. Rodeada de gente, pero ahí va ella, sola. Sola al trabajo, sola al sitio donde ha quedado con amigos, sola de viaje. Mar está muy delgada, sus hombros puntiagudos son demasiado estrechos y nada fuertes, se le cae el bolso cada vez que se lo pone, por eso Mar anda sola y con los brazos cruzados siempre, encorvada y con la cabeza gacha.

Camina sola, por la Gran Vía de Madrid, con su bolso negro, medio vacío y con un toque andrajoso que le da un aspecto un poco punk que dista mucho de lo que fue. Cada vez que descruza los brazos, el bolso se resbala provocando en Mar un poquito más de rabia, de ansiedad, de ridículo e impotencia, pero ella no se da cuenta. O no se quiere dar cuenta. Cada vez que el bolso se le resbala, Mar da un pequeño zapatazo al suelo, lo sube y vuelve a cruzar los brazos.

Sube hasta el codo de Gran Vía, cruza la calle, le gusta sentarse en Callao a ver pasar a los grupos de amigos y amigas, a las familias, a diferentes tribus urbanas. Los observa, baja la mirada y sujeta un poco más fuerte la bandolera del bolso, como intentando asirse a algo que siempre la acompaña, que no va a dejarla sola.

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No consigue ni un solo cruce de miradas, pero ya lo tiene asumido, y no deja de pensar en lo que ha hecho que vuelva a Madrid. Así decide que, con lo poco que le queda, puede darse un capricho antes de intentar volver a hablar con su padre. Se dirige al Starbucks, pide un Frappuccino de crema, sin café, que bastante nerviosa está. Parece que no la entienden cuando dice su nombre, solo han dibujado dos puntitos y un paréntesis hacia abajo en su vaso de café para llevar. ¿Qué sabrán los camareros si ella está o no triste? ¿Acaso le han preguntado? Alarga la mano para coger el café, se le vuelve a resbalar el bolso, zapatazo suave al suelo y vuelta a cruzar los brazos. Está empezando a hartase. Echa una última mirada al camarero que le ha servido el café, una mirada seria, que sepa que le ha molestado que no pongan su nombre,  pero ensimismado con la rubia que va detrás de ella en la cola y a la que han dedicado un vaso con corazoncitos.

Se cruza con miles de personas cuando sigue su camino con su Frappuccino en la mano y ni una conocida,  ni una la mira, ni un solo niño pequeño al que le hace una mueca reacciona. De vez en cuando mueve la boca, habla con ella misma, y tiene claro que muchos piensan que está loca, ella los mira, seria, agacha la cabeza, se aferra de nuevo a su bolso y sigue su camino con ese arrastrar de pies que la caracteriza desde hace un tiempo. Ella no está loca joder, está sola, pero no siempre lo estuvo.frappuccino

Ella tenía una vida antes de irse a Londres y destrozarla. Mar no caminaba sola hace 3 años por las calles de Madrid. Formaba parte de esos grupos de amigas monísimas e ideales que pasan por delante de ella dirigiéndose a Callao, a Sol, a donde sea a tontear con otros grupo de chicos guapísimos. Vivía en Malasaña con sus padres, estudiaba, iba a clases de baile, hacía muchas cosas, pero ninguna de ellas le ayudó a superar el examen de selectividad y decidió irse, como hacen muchos, un año sabático a aprender inglés a Londres.

Se dirige hacia el barrio que la ha visto crecer, pasa por delante del mastodonte que tanto ha visto en Londres y que ahora le da la bienvenida al barrio. Se para un momento, rodea el asa del bolso a la altura del pecho y poco a poco eleva la mirada para encontrarse de cara con aquello que le devuelve a los días de pedir limosna en Londres: Primark, la famosa tienda de ropa que ahora corona Gran Vía y tiene que ver antes de adentrarse en Malasaña, de caminar por sus calles un poquito grises pero con mucho encanto y dirigirse a casa de sus padres con las rodillas temblando. Le recuerda tanto lo mal que lo ha pasado en Reino Unido que, por un momento, pierde la noción del tiempo y no sabe si está en Madrid o no.

En ese lapsus espacio-temporal que vive al ver las despampanantes letras azules, no es consciente de la cantidad de gente que la rodea, agolpada, intentando abrirse paso o, simplemente, haciéndose selfies, a la entrada del colosal edificio. Una mujer rechoncha y sudada, cargada con cuatro enormes bolsas repletas de ropa, despabila a Mar sacándola de su ensoñación. La temblorosa chica recibe de repente y sin verlo el azote de dos de las bolsas cargadas con la mano izquierda que golpean si hombro derecho tirándole el bolso. Y, sin darle tiempo a reaccionar, la mujer que gira sobre sí misma buscando a su, también rechoncha, acompañante, golpea a Mar con las otras dos bolsas de su mano derecha. Una, dos y tres pesadas bolsas que hacen que las temblorosas rodillas de la chica cedan. Mar cae, suerte que no se le ha derramado el café, desaparece de la vista de la mujer, ahorrándole cualquier posible disculpa que pudiera emitir por la diminuta y desproporcionada boca que intenta abrirse paso entre sus mejillas. Se queda arrodillada en el suelo unos minutos abrazando su bolso con fuerza.

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Hace 3 años sus amigos empezaron la universidad y ella la aventura que creía que cambiaría su vida y la convertiría en una chica exitosa. Ahora, 3 años después y con el rabo entre las piernas se dirige al portal donde Eugenio, su padre, no quiso decirle adiós antes de partir. Por esto es por lo que nada le fue bien. Siempre le ha echado la culpa al  gafe de su padre. Ella huyó de los estereotipos y al final se ha convertido en uno, pero en uno de los malos. Su manera de andar lo dice todo, no desprende la energía de antes, y ella lo sabe, por eso a cada paso eleva un poco más los hombros, aprieta un poco más los brazos y respira un poquito más entrecortada.

Levanta su pequeño cuerpo y lo dirige, con paso demasiado pesado, hacia las calles que la han visto crecer. Se cruza con una pareja que está dándole un paseo a su galgo y a Mar los galgos le encantan. Va a pasar por su lado y separa los brazos para acariciarle, pero justo se le vuelve a resbalar el bolso y el galgo se asusta. Nada que ni los perros quieren tener nada que ver con ella, que coraje. Sigue su camino, con lo hombros más elevados, sacando chepa y la cabeza todo lo agachada que le permite el cuello. Se nota que está un poco nerviosa, cansada por el viaje y que necesita un rayo de luz antes de cometer una estupidez y huir otra vez.

El atuendo que lleva no le ayuda mucho para dejar de estar sola. Pitillos negros rasgados, Vans agujereadas, la camiseta granate que huele un poco raro y la chupa de cuero, única pertenencia de valor desde que lo vendió todo para poder comprar un billete y volver a casa.

Se ha terminado su Frappuccino y se acerca a una papelera donde un grupo de chicos está fumando algo que huele muy bien. Tira el vaso de cartón con la carita triste, y mientras pregunta “¿me das una calada?”, su bolso vuelve a resbalar, cae sobre la flexura del codo y hace que el vaso salte antes de entrar en la papelera salpicando a uno de los chicos. “Joder tía, ten más cuidado”. Bueno, no se ha llevado la calada, pero al menos alguien le ha dirigido la palabra por un momento. Le vale. Sube el bolso al hombro y, esta vez, después de muchas veces haciendo el mismo gesto, por fin, no da una patada al suelo.

Eso parece que le ha infundido fuerza, se dirige con paso más decidido hacia el portal donde viven sus padres. Cierra el puño de nuevo sobre el asa del bolso, lo coge con mucha fuerza clavándose un poquito las uñas en la palma de la mano. Un par de calles más y ahí está, el número 22. Llama al timbre, bien fuerte, que se note que está en casa, que no quiere estar más sola, que se arrepiente y que se alegra a partes iguales. Llora y tiembla a la vez. Vuelve a llamar. Nadie contesta. Su espalda vuelve a curvarse, los hombros hacia delante, la mano al asa del bolso y vuelve a iniciar el proceso de cruzar los brazos para que no se le caiga, primero cierra un poco la chupa y después cada mano hacia el codo contrario. Gira sobre si misma con su postura habitual similar a la del personaje Gollum. Mientras, a modo de eco de su propia desgracia, continúa la melodía de la llamada del timbre que nadie contesta. Se queda de espaldas al portal, dobla poco a poco las rodillas, se sienta en el escalón y se hace bolita.

Pasa el tiempo suficiente para que el pelo mojado por el rocío se le pegue a la cara y el cuerpo se le haya quedado algo entumecido. Mar nota que alguien la toca, una mano fuerte sobre su rodilla y otra sobre el asa del bolso. Despierta de su letargo, lentamente, sin asustarse ni alarmarse. Levanta poco a poco la mirada, emergiendo como una tortuga de la fortaleza que ha creado su propio cuerpo y se encuentra mirando sus mismos ojos anegados en lágrimas. Eugenio ha llegado a casa, coge el bolso de Mar y deja la puerta del portal abierta mientras llama al ascensor.

 

Isabel Molinero Ramírez

Inventando historias #1: Adorable

La primera vez que la vi fue un martes a las 8:45 de la mañana, hace un par de semanas. Ella no se fijó en mi. Seguro que tiene demasiadas cosas en la cabeza, o simplemente ha vivido demasiado y solo le presta atención a lo que todavía le aporta algo nuevo, le despierta esa curiosidad que probablemente ha aprendido a controlar.

Me sorprende. Yo no he aprendido a dejar de mirar cuando algo me llama la atención, ya lo haré.

Es una mujer fuerte, creativa, de buena familia. Ha vivido mucho, épocas en las que la confusión, la incertidumbre y las ganas de cambiar el mundo eran los caballos que movían el carruaje repleto de una sociedad que vivía con miras a un futuro en el que la democracia y la libertad fueran su base, y no el miedo, las reglas y las diferencias marcadas entre ricos y pobres, mujeres y hombres, que la caracterizaban.

Ella pertenecía a una buena familia, pero no como hija, madre o prima. No. Ella era la criada. A ella le contaban los secretos las niñas a las que cuidó desde que nacieron porque su madre estaba muy preocupada en luchar por los derechos de las mujeres y a su padre solo le importaba la política. En las cenas únicamente se hablaba de eso, de lo mal que va todo, “y tu no ayudas, deberías estar cuidando a tus hijas”, “tu eres su padre, necesitan que también estés en casa, y yo no voy a ser la única que las eduque, ¿no?”, “si me hubieras dado un varón no pasaría esto”, “papá, hoy le he ganado el pulso a Juan”, “¿Ves lo que les estas haciendo? Le metes ideas de varón y ellas tienen que aprender a coser, no a luchar”, “Lo siento, me he quedado sin hambre, me voy”.

Ella arropaba a las niñas todas las noches, les contaba cuentos, les pedía que fueran discretas, que no contaran sus planes, porque hay que saber guardar secretos y llevar a cabo los objetivos sin que nadie lo sepa. Si salen, todos se sorprenderán para bien o para mal, si no salen, te lo reprocharán y las mujeres seguiremos siendo el hazmereír, “tenéis que ser discretas niñas”. Las ha educado ella. Gracias a ella son ahora mujeres fuertes que han formado una familia con principios. Pero esa será otra historia. La criada ha hecho un buen trabajo, el trabajo que no hicieron sus padres con ellas.

Ahora la criada está jubilada. Vive su tercera edad como siempre ha querido. Porque ha sido criada sí, pero no tonta. Ella tenía sueños. Ella tenía ambición. Ella marchó de su pueblo a la ciudad para hacer lo que mejor sabía hacer: servir, ayudar, soñar y ser discreta. No tuvo tiempo de novio, de pelar la pava, de casarse y tener sus propias hijas. Para besar santos, le decía la panadera.  Pero ella tenía sus planes, sus secretos, sus metas y objetivos por cumplir que no se los contaría a nadie.

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La he visto dos veces más. Siempre va de punta en blanco. Claro, sus ahorros al final están sirviendo para algo. Para ella. Porque ahora se preocupa de ella y de nadie más. Ahora viste como quiere, cuanto más color mejor, que ya ha llevado demasiados uniformes negros en su vida. Eso sí, si la falda lleva estampados de varios colores, la camiseta la lleva lisa. Tampoco vamos a abusar, que una nunca deja sus principios de lado, y hay que ser discreta. Va maquillada. Muy guapa sí señor. Sin perder la esencia de esos años de libertad que no pudo disfrutar: labios rojos, eyeliner negro, coloretes, rimmel. Perfecta. Collar de perlas y sombrerito de paja con visera y lazada, que con el calor que hace en Madrid, como para arriesgarse. Zapatos con un poquito de tacón pero cómodos, que tengo que andar un buen trecho. Y una maleta.

Aquí es donde me pierdo. Lleva una maleta. Sube la cuesta de la calle Uruguay de Madrid llevando consigo una maleta que parece pesada. Pero eso no mina su fuerza y sus ganas de ir donde quiera que vaya. De punta en blanco y llevando una maleta. La dirección que lleva es hacia la parada de metro de Columbia, o hacia la de bus, no lo sé. ¿Dónde irá varias veces por semana con una maleta?

Lo que quiero pensar es que está aprovechando su libertad para viajar varias veces por semana, donde sea, coger el metro, perderse, y conocer todo aquello que las 4 paredes donde sirvió durante más 50 años, donde guardó tantos secretos, no le dejaron. Porque nunca es tarde si la dicha es buena.

Es una mujer adorable que me pone de buen humor cada vez que la veo. No sé su historia, me encantaría escucharla. Por ahora, me conformo con imaginármela.

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PS. Algún día le robaré un retrato.