sentimientos

Gestos

Gestos. Palabra que no es ni bonita ni fea, que en el diccionario hace referencia a expresiones o muecas faciales, pero que, en el imaginario colectivo, entraña toda una gama de expresiones corporales que van desde lo más soez a lo más bello, pasando por faltas de respeto, muestras de amor, de simpatía, educación, honor, dolor, prepotencia, cariño, bondad, honradez, humildad, alegría, tristeza, enojo, cordialidad…

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Hablé una vez de las palabras y los riesgos que entrañaban dichas en momentos no apropiados, porque se quedan grabadas… ¿Pero y los gestos? Los gestos se quedan incrustados en nuestra retina y nos predisponen a una relación u otra con quien los hace. Las palabras se pueden cambiar, rectificar es de sabios.

Sin embargo, los gestos, tanto los buenos como los malos, son una primera impresión, un primer juicio, un miedo, una alegría, algo tan esporádico e instantáneo como el hecho en sí de hacerlo; como cuando te haces un corte cortando patatas y se queda la cicatriz, ahí, blanquita y pequeñita en la yema del dedo, pero está, y ya no se va a ir, se va a difuminar, pero no se va a ir. No vas a perder de vista una bonita sonrisa, no vas a poder evitar reírte con alguien que se ríe, vas a unirte a los que bailan, y vas a intentar hacerle entender al conductor del otro coche lo mal que lo ha hecho no poniendo el intermitente, también vamos a saber cuando te haces pis, cuando estas triste y caminando cabizbaja y cuando alguien ha conseguido enfadarte, va a ser indiscutible que tienes maneras, que eres muy femenina o un poco bruta, que te sientes bien contigo misma o que vienes de una discusión acalorada. Los ademanes que nos caracterizan no son invisibles a nuestro prójimo.

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Hay que tener mucho cuidado con los gestos, especialmente con los no tan buenos, bonitos y baratos. Los gestos que hacemos en momentos de tensión, en esos momentos en los que no podemos controlar nuestra verborrea mental, física y vocal, esos gestos no sólo se quedan retenidos en la memoria visual de nuestro interlocutor, sino que se nos graban a nosotros también. Tú no te ves en ese momento, es físicamente imposible, pero luego rememoras el momento en tu mente y, como un burdo espectador más, te ves. Te imaginas, te ilusionas, te desdibujas a tí misma, no es del todo real, pero te ves. Y sientes vergüenza. Una vergüenza inexplicable que va directa como una flecha a tu autoestima. Es el aleteo de una mariposa en Japón que provoca un tornado de emociones, negativas, en torno a esos aspavientos que has hechos en una performance nada estudiada pero que no puedes evitar repetir una y otra vez en tu cabeza, sin control. 4

Los gestos son emocionales, impulsivos, provocados por los sentimientos. Hoy me he parado a pensar en esos sentimientos que provocan de manera impetuosa gestos que me hacen actuar de una forma de la que no me siento nada orgullosa. Todos tenemos esa parte oscura que, de alguna manera, no mostramos a nadie, pero que siempre hay quien consigue que la muestres. A nadie le gusta su parte oscura, ni la parte oscura de otros. A mi parecer, los gestos que otros tengan contigo son mejores herramientas, incluso que las palabras, que como todo el mundo sabe, se las lleva el viento, para sacar de ti lo mejor o lo peor.

Sería muy interesante que reflexionásemos un poquito sobre los sentimientos que provocamos en los demás y en cómo reaccionan a ellos para con nosotros. Creo que entenderíamos más a nuestros amigos, a nuestros padres, hermanos, a nuestra pareja, incluso a los nuevos conocidos, a desconocidos y a toda esa gente que aun nos queda por conocer.

Y tú, ¿qué quieres conseguir que los demás te muestren? 

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Imágenes sacadas de la galería de UNSPLASH

Antes de dormir

Las palabras. Esas compañeras que infravaloramos. Eclipsadas por refranes del tipo “del dicho al hecho hay un trecho” o “vale más un gesto que mil palabras”. Esa herramienta de la que desconocemos muchas veces el poder que tiene. ¿Pero cuántas veces no hemos escuchado hablar del poder de la oratoria? Miles. ¿Y cuántas veces lo hemos subestimado o sobreestimado? Más que miles. Pero esa oratoria de la que tanto oímos hablar, que adjudicamos a políticos, ponentes, profesores, y aplaudimos y halagamos porque “Oye, que bien habla”, la pasamos por alto en nuestro día a día.

Utilizar bien las palabras para expresar lo que queremos decir es, cuanto menos, importantísimo. Si, además, les damos buen uso en momentos concretos, podemos conseguir lo que nos propongamos. Solo hay que pararse un segundo y pensar qué queremos decir, cómo, cuándo, a quién, que esperamos conseguir con ello y las consecuencias que acarrea, para bien o para mal. Intentar que sean palabras sinceras, de corazón, y aunque puedan hacer daño por lo que significa, que se digan con la mayor asertividad y empatía posible.

Por contra y a la par, utilizar ciertas palabras en momentos de tensión, de furia, de estrés, ira, tristeza, enfado… esos momentos en que, por tu (mi) propia condición de persona imperfecta, no controlas los gestos, una palabra mal dicha o inapropiada o que no sientes del todo (si dices algo es porque lo sientes/piensas/has sentido/pensado aunque sea sólo un poquito), puedes resultar demoledor/a para tu interlocutor.

Pensar un segundo con quien estas hablando, la importancia que tiene esa persona para ti y,la quieras o no, tener en cuenta sus sentimientos, puede ser complicado pero no imposible.

Siempre nos dicen que no esperemos nada de nadie, pero hay ciertas personas en la vida de cada uno que es difícil no esperar nada de ellas, como tu padre, tu madre, tu hermana, tu familia en general. Pero no es imposible, podemos intentar no esperar nada de ellos, conseguirlo y, encima y para bien, sorprendernos con lo que nos ofrezcan. El hecho de que sea tu familia, más o menos directa, no es sinónimo o consecuencia de conocimiento total de la persona. A veces, como “somos familia” ni nos preocupamos por conocernos como lo hacemos con nuestros amigos/as, no somos capaces de darnos cuenta de sus cambios y su evolución, de sus intereses, de sus necesidades y eso nos lleva a pensar y decir cosas horribles en las discusiones (que en toda casa de vecino ocurren, esta claro). Esas veces en que “por ser familia” nos despreocupamos de quien más deberíamos no hacerlo, frenamos su desarrollo de querer ser mejor persona y no valoramos como se merece todo su trabajo personal, no encuentra el apoyo que necesita para conseguir el éxito interno que busca y extrapolará a toda su vida y entorno, y no nos damos cuenta del daño que le hacemos a los únicos que no elegimos pero que darían la vida por nosotros. Aunque nos hayamos creado la falacia de que no nos quieren o nos valoran o nos admiran.

Si algo he aprendido este año es la importancia de las palabras. Lo necesario que es escuchar con el corazón y, en esta era digital, aunque suene cursi, leer con el alma. Lo profundo que puede llegar un “te quiero” telefónico y lo necesario que se hace un “lo siento, me gustaría saber qué te pasa o como puedo ayudarte”. Puedes intentar usar las palabras para aparentar, pero nunca serán sinceras, y eso se nota.

Muchas palabras juntas

Muchas palabras juntas

Palabras desde el corazón.

Palabras desde el corazón.

Palabras de una amiga dichas en un momento más que necesario

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Palabras en paredes de Málaga. Preciosa iniciativa.

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Palabras en paredes de Málaga. Preciosa iniciativa.

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