soledad

Mar

Mar. Mar camina sola. Rodeada de gente, pero ahí va ella, sola. Sola al trabajo, sola al sitio donde ha quedado con amigos, sola de viaje. Mar está muy delgada, sus hombros puntiagudos son demasiado estrechos y nada fuertes, se le cae el bolso cada vez que se lo pone, por eso Mar anda sola y con los brazos cruzados siempre, encorvada y con la cabeza gacha.

Camina sola, por la Gran Vía de Madrid, con su bolso negro, medio vacío y con un toque andrajoso que le da un aspecto un poco punk que dista mucho de lo que fue. Cada vez que descruza los brazos, el bolso se resbala provocando en Mar un poquito más de rabia, de ansiedad, de ridículo e impotencia, pero ella no se da cuenta. O no se quiere dar cuenta. Cada vez que el bolso se le resbala, Mar da un pequeño zapatazo al suelo, lo sube y vuelve a cruzar los brazos.

Sube hasta el codo de Gran Vía, cruza la calle, le gusta sentarse en Callao a ver pasar a los grupos de amigos y amigas, a las familias, a diferentes tribus urbanas. Los observa, baja la mirada y sujeta un poco más fuerte la bandolera del bolso, como intentando asirse a algo que siempre la acompaña, que no va a dejarla sola.

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No consigue ni un solo cruce de miradas, pero ya lo tiene asumido, y no deja de pensar en lo que ha hecho que vuelva a Madrid. Así decide que, con lo poco que le queda, puede darse un capricho antes de intentar volver a hablar con su padre. Se dirige al Starbucks, pide un Frappuccino de crema, sin café, que bastante nerviosa está. Parece que no la entienden cuando dice su nombre, solo han dibujado dos puntitos y un paréntesis hacia abajo en su vaso de café para llevar. ¿Qué sabrán los camareros si ella está o no triste? ¿Acaso le han preguntado? Alarga la mano para coger el café, se le vuelve a resbalar el bolso, zapatazo suave al suelo y vuelta a cruzar los brazos. Está empezando a hartase. Echa una última mirada al camarero que le ha servido el café, una mirada seria, que sepa que le ha molestado que no pongan su nombre,  pero ensimismado con la rubia que va detrás de ella en la cola y a la que han dedicado un vaso con corazoncitos.

Se cruza con miles de personas cuando sigue su camino con su Frappuccino en la mano y ni una conocida,  ni una la mira, ni un solo niño pequeño al que le hace una mueca reacciona. De vez en cuando mueve la boca, habla con ella misma, y tiene claro que muchos piensan que está loca, ella los mira, seria, agacha la cabeza, se aferra de nuevo a su bolso y sigue su camino con ese arrastrar de pies que la caracteriza desde hace un tiempo. Ella no está loca joder, está sola, pero no siempre lo estuvo.frappuccino

Ella tenía una vida antes de irse a Londres y destrozarla. Mar no caminaba sola hace 3 años por las calles de Madrid. Formaba parte de esos grupos de amigas monísimas e ideales que pasan por delante de ella dirigiéndose a Callao, a Sol, a donde sea a tontear con otros grupo de chicos guapísimos. Vivía en Malasaña con sus padres, estudiaba, iba a clases de baile, hacía muchas cosas, pero ninguna de ellas le ayudó a superar el examen de selectividad y decidió irse, como hacen muchos, un año sabático a aprender inglés a Londres.

Se dirige hacia el barrio que la ha visto crecer, pasa por delante del mastodonte que tanto ha visto en Londres y que ahora le da la bienvenida al barrio. Se para un momento, rodea el asa del bolso a la altura del pecho y poco a poco eleva la mirada para encontrarse de cara con aquello que le devuelve a los días de pedir limosna en Londres: Primark, la famosa tienda de ropa que ahora corona Gran Vía y tiene que ver antes de adentrarse en Malasaña, de caminar por sus calles un poquito grises pero con mucho encanto y dirigirse a casa de sus padres con las rodillas temblando. Le recuerda tanto lo mal que lo ha pasado en Reino Unido que, por un momento, pierde la noción del tiempo y no sabe si está en Madrid o no.

En ese lapsus espacio-temporal que vive al ver las despampanantes letras azules, no es consciente de la cantidad de gente que la rodea, agolpada, intentando abrirse paso o, simplemente, haciéndose selfies, a la entrada del colosal edificio. Una mujer rechoncha y sudada, cargada con cuatro enormes bolsas repletas de ropa, despabila a Mar sacándola de su ensoñación. La temblorosa chica recibe de repente y sin verlo el azote de dos de las bolsas cargadas con la mano izquierda que golpean si hombro derecho tirándole el bolso. Y, sin darle tiempo a reaccionar, la mujer que gira sobre sí misma buscando a su, también rechoncha, acompañante, golpea a Mar con las otras dos bolsas de su mano derecha. Una, dos y tres pesadas bolsas que hacen que las temblorosas rodillas de la chica cedan. Mar cae, suerte que no se le ha derramado el café, desaparece de la vista de la mujer, ahorrándole cualquier posible disculpa que pudiera emitir por la diminuta y desproporcionada boca que intenta abrirse paso entre sus mejillas. Se queda arrodillada en el suelo unos minutos abrazando su bolso con fuerza.

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Hace 3 años sus amigos empezaron la universidad y ella la aventura que creía que cambiaría su vida y la convertiría en una chica exitosa. Ahora, 3 años después y con el rabo entre las piernas se dirige al portal donde Eugenio, su padre, no quiso decirle adiós antes de partir. Por esto es por lo que nada le fue bien. Siempre le ha echado la culpa al  gafe de su padre. Ella huyó de los estereotipos y al final se ha convertido en uno, pero en uno de los malos. Su manera de andar lo dice todo, no desprende la energía de antes, y ella lo sabe, por eso a cada paso eleva un poco más los hombros, aprieta un poco más los brazos y respira un poquito más entrecortada.

Levanta su pequeño cuerpo y lo dirige, con paso demasiado pesado, hacia las calles que la han visto crecer. Se cruza con una pareja que está dándole un paseo a su galgo y a Mar los galgos le encantan. Va a pasar por su lado y separa los brazos para acariciarle, pero justo se le vuelve a resbalar el bolso y el galgo se asusta. Nada que ni los perros quieren tener nada que ver con ella, que coraje. Sigue su camino, con lo hombros más elevados, sacando chepa y la cabeza todo lo agachada que le permite el cuello. Se nota que está un poco nerviosa, cansada por el viaje y que necesita un rayo de luz antes de cometer una estupidez y huir otra vez.

El atuendo que lleva no le ayuda mucho para dejar de estar sola. Pitillos negros rasgados, Vans agujereadas, la camiseta granate que huele un poco raro y la chupa de cuero, única pertenencia de valor desde que lo vendió todo para poder comprar un billete y volver a casa.

Se ha terminado su Frappuccino y se acerca a una papelera donde un grupo de chicos está fumando algo que huele muy bien. Tira el vaso de cartón con la carita triste, y mientras pregunta “¿me das una calada?”, su bolso vuelve a resbalar, cae sobre la flexura del codo y hace que el vaso salte antes de entrar en la papelera salpicando a uno de los chicos. “Joder tía, ten más cuidado”. Bueno, no se ha llevado la calada, pero al menos alguien le ha dirigido la palabra por un momento. Le vale. Sube el bolso al hombro y, esta vez, después de muchas veces haciendo el mismo gesto, por fin, no da una patada al suelo.

Eso parece que le ha infundido fuerza, se dirige con paso más decidido hacia el portal donde viven sus padres. Cierra el puño de nuevo sobre el asa del bolso, lo coge con mucha fuerza clavándose un poquito las uñas en la palma de la mano. Un par de calles más y ahí está, el número 22. Llama al timbre, bien fuerte, que se note que está en casa, que no quiere estar más sola, que se arrepiente y que se alegra a partes iguales. Llora y tiembla a la vez. Vuelve a llamar. Nadie contesta. Su espalda vuelve a curvarse, los hombros hacia delante, la mano al asa del bolso y vuelve a iniciar el proceso de cruzar los brazos para que no se le caiga, primero cierra un poco la chupa y después cada mano hacia el codo contrario. Gira sobre si misma con su postura habitual similar a la del personaje Gollum. Mientras, a modo de eco de su propia desgracia, continúa la melodía de la llamada del timbre que nadie contesta. Se queda de espaldas al portal, dobla poco a poco las rodillas, se sienta en el escalón y se hace bolita.

Pasa el tiempo suficiente para que el pelo mojado por el rocío se le pegue a la cara y el cuerpo se le haya quedado algo entumecido. Mar nota que alguien la toca, una mano fuerte sobre su rodilla y otra sobre el asa del bolso. Despierta de su letargo, lentamente, sin asustarse ni alarmarse. Levanta poco a poco la mirada, emergiendo como una tortuga de la fortaleza que ha creado su propio cuerpo y se encuentra mirando sus mismos ojos anegados en lágrimas. Eugenio ha llegado a casa, coge el bolso de Mar y deja la puerta del portal abierta mientras llama al ascensor.

 

Isabel Molinero Ramírez

EL VERBO ECHAR LO PRIMERO QUE ECHA ES LA H

Echar, de

E C H A R    D E     M E N O S.

Me fui de mi casa casa de mis padres el 30 de Diciembre de 2014 y desde entonces vivo con un sentimiento de lejanía, de distancia, de cierto tipo de soledad, esa soledad de cuando te enfrentas al mundo sin tus progenitores, un sentimiento de vacío, de como si me faltara algo, en fin, el sentimiento de echar de menos, perenne.

Echo tanto, tantísimo de menos a mi madre, a mi padre, a  mi hermana, quienes no sabía cuánta falta me hacían en mi día a día hasta que hemos estado tan lejos (ahora los valoro de otra forma que me llena mucho más), a mi tío Juan que tan bien está ahora, a mi tío Paco (lo siento por el resto, pero es mi favorito), a mi tía Montse, que ha demostrado ser una mujer 10, a mi primo Andrés y a mi nuevo primo Manu, a Wifi y a Ruter (o Router, no sé), sus mascotas, a la terraza que tantos veranos me ha ayudado a pasar fresquita, al “tío Paco”, el que vende huevos debajo de mi casa con quien ya había empezado a entablar conversación, a las cafeterías-heladeías-bar de tapas de Benetússer, a mis Tikis, con quienes siempre me he sentido yo misma y libre de expresar todas las animaladas que se me venían a la mente (sobre todo a la salida de la piscina), a mis amigas de los diferentes pueblos de Valencia (Tavernes de la Valldigna y  Aielo de Malferit entre los favoritos), a quienes visitaba y veía lo más regular que podía, pero no más de 3 meses de diferencia, a Carla, Rafa, Javi y Vicent, mis eternos amigos de Arquitectura Técnica, al folklore fallero y los viernes en la falla, Tamara, Bea, Rocío, Jose, Vero, Pupi, Rafeta, Raquel y Abel y todos los demás y las tonterías que nos inventamos para reír sin parar y tener grandes recuerdos, a Ruzafa, el Carmen y los mojitos a 3,50€, a la calle Colón que tan bien me conozco (junto con varios centros comerciales cuyo plano tengo grabado en la mente(es mi vicio y perdición)), a Irene, a Nai y al EquipeteMix que tanto me hace reír y pasarlo bien, a Alma, mi gran amiga y compañera y persona favorita, al caminito del colesterol  que tan cerca me pillaba de casa y tan poca pereza me daba ir a andar, escaparme a las playas y calas de Alicante con amigos y snorkel, a los cotilleos del pueblo, a la ventana de mi habitación que era la que me daba los buenos días antes que nadie,a Paola, Mireia, Loli, Juanfran y las risas que nos hemos pegado, al desayuno preparado con todo el amor del mundo por mi padre t o d o s l o s d í a s, tomarlos en el balcón y esperar los churros del domingo, el olor de la ropa recién lavada por mi madre, el sofá de la buhardilla que tantas buenas siestas me ha dado (con babita y todo, ojo!), a todos esos amigos con quien la distancia sí que ha podido, pero que siempre tendrán un hueco en mis recuerdos con una gran sonrisa, al chiringuito de Tavernes donde tan a gusto se está por las tardes, a la facilidad de encontrar trabajo, a escaparme a la playa de El Saler y al Puerto de la Albufera y sentir el olor mezcla de pino, arroz y playa de la Terreta que adoro, las paellas de mi padre, ¡cuánto hace que no como una buena paella en casa!

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Todo forma parte de mi, y todo,bueno casi todo, sé que puedo volver a disfrutarlo cada vez que vuelvo y se me dibuja una súper sonrisa solo de pensarlo. Pero hay algo, hay algo que, de verdad verdadera, echo de menos porque sé que no podré volver a disfrutar, como solía hacerlo, nunca, algo que echaré de menos always and forever porque, aunque lo vuelva a usar, no será lo mismo, algo que me ha dado tranquilidad, calma, que ha ayudado, con su característica pasividad, a que las cosas malas pasen por sí solas, algo que cada vez que viajaba ya echaba de menos, pero que sabía que volvería a ello al acabar el viaje, algo que mi madre me ha dicho que va a desaparecer para ser sustituido por algo más grande, para 2. Ha sido mi compañera de fatigas, de migrañas, de resacas, de lecturas de todo tipo, de noches de estudio, de sueños, de pesadillas, de siestas con mi hermana, en realidad, de las mejores siestas del mundo, de apoyo para hacer la maleta, de llantos y risas, de consejos maternos, de consejos como hermana, de meditación y mantras, de escuchar música y emocionarme, de charlas con mi prima, de amor y sexo (para que ocultarlo), de buenos y malos días, de inspiración, de descansos rejuvenecedores…

ECHO DE MENOS, SOBRE TODAS LAS COSAS, A MI CAMA. 

Mi cama

Poder

Menuda palabra ¿eh? 

P O D E R 

Tenemos en nuestra cabeza, impregnada de imágenes y de historias, nuestras y ajenas, una cantidad ingente de concepciones sobre el poder.

Político, jurídico, legislativo, el cuarto, el quinto, el sexto poder, el poder de la mirada de tu padre cuando la estás liando en la mesa, los superpoderes de los superhéroes, el poder del rico, Powder (el tío de la película esta rara), el poder del hombre, el de la mujer, el del niño que berrea para conseguir lo que quiere, el de la enredadera cuando crece por la pared, el del león y su magnífico rugido, el del tsunami que llevo J.A. Bayona a la gran pantalla con “Lo Imposible”, el del gol que marca Iniesta, el de los Rangers, el del Point (de PowerPoint…esta ha sido buena eh), el del “hola” de esa persona, el del fuego que decide dejarnos sin bosques, el del viento que trae el polen (sí, estoy alérgica perdida en estas tierras helvéticas verdes como el trigo verde) y nos amarga el día, el poder de una sonrisa, el de la música que nos eriza el vello.

La verdad es que son más ocasiones en las que la palabra poder nos evoca cosas que hacen más mal que bien, o que nos producen una sensación interna más del tipo desazón que del tipo “alegría de la huerta”. 

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Sin embargo, hay un poder que está más que presente en nuestro día a día y que nos cuesta barbaridades darnos cuenta de lo importante que es para cada individuo. Es mucho más fuerte y significativo que cualquiera otro de los significados de poder que nos vienen a la cabeza ante tan grandilocuente palabra (ñas! Ahí lo he metido). Bueno, igual no es tan tan tan fuertote como el poder de la Naturaleza y del Universo, pero al formar parte de ello, coge esa fuerza también. Está al mismo nivel, vamos a decir, así como al ras.

¡Al grano! 

Estoy hablando del poder de la gente. Hemos podido comprobar, en las últimas semanas, lo que el poder de la gente ha significado para ciudades, comunidades y un país entero. Pero yo no tengo muchas ganas de hablar de ello, ya hay bastantes referencias por la red, medios, buzones, y vida social en general.

Yo quiero hablar del poder que las personas movemos entre nosotros. Lo que una persona puede transmitirle a otra. El poder que tenemos unos de hacer felices, tristes, desgraciados y afortunados, a los otros. El poder de mover las energías positivas y negativas entre las personas que nos rodean.

Hablamos mucho de lo importante que estar bien con uno mismo, quererse, levantarse la autoestima desde dentro y vivir sin depender absolutamente de nadie. Pero, ojo, creo yo que no me equivoco al decir que el ser humano es un animal(*) social. Necesitamos vivir en sociedad, no somos los únicos seres que lo necesitan, y necesitamos que la sociedad no nos haga sentirnos solos. Por mucho que uno se quiera a uno mismo, a no ser que estemos hablando de Narciso, necesita que alguien, aunque solo sea una persona, lo quiera también. Necesita algún tipo de aprobación.

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Ahora mi historia

En enero de este año me vine, como alguno que lee este blog habitualmente ya sabe, a Francia, en frontera con Suiza, a vivir con mi pareja y a construir una vida aquí, ya que en España está la cosa tan complicada. Bueno, yo soy de las que piensan que quien busca, encuentra. Pero sí que es cierto que no encuentra las condiciones que ofrecen en Suiza.

La cuestión es que, entre el back-up con el me vine (esto de back-up queda tan cool), la barrera del idioma (sí, señores y señoras, el francés no es moco de pavo) y que encontrar trabajo con todo lo que está pasando en Suiza es harto complicado, me dió un bajón de tres pares de narices. Como se dice en España.

Con tal bajón, no sólo me estropeé físicamente, sino que dentro, yo sola, sin la ayuda de nadie, construí un boquete negro en plan supernova que no me dejaba ni respirar. No creía que nada fuera a salir bien, no quería conocer gente y la poca que conocía por mi cuenta no era muy buena que digamos, no hacía migas con los compañeros de las clases de idiomas, estaba totalmente bloqueada en cuanto a creatividad, inspiración, y demás, no daba oportunidades a nadie, todos me parecían malos, y no he parado de bajar a España siempre que he podido, con cualquier excusa, para alejarme de aquí. Engordé como 5kg en mes y medio na más que de la retención de líquidos y los nervios (parece que con los nervios se libera cortisol y es una p******), cosa que nunca me había pasado.

Pero un buen día, después de 2 meses con un dolor en la espalda de la leche, llamé a una chica de “Españoles por Ginebra” (típico grupo de Facebook en el … bueno no voy a criticar que estoy en proceso de cambio) que ya sabía yo que hacía masajes, pero eso que, mira chica, no me había dado por acudir a ella. Bien, la llamé, me dio cita, fui, le expliqué mi caso, y me hizo un masaje… O H M Y G O D!!! ¡¡¡Magnífico!!! ¡¡¡GRANDIOSO!!! FUCKING AMAZING!!!! Con decirte que entré con papada a la cabina y salí hecha una sílfide, te lo digo todo y no te digo nada. Es una persona increíble y una profesional como la copa de un pino (esta expresión nunca la he entendido, pero da la impresión de ser muy profesional ¿verdad?). Me ha estado tratando, con terapias naturales personalizadas, a base de reflexología podal, Reiki, masaje craneo-sacral, masaje thailandés, quiromasaje… en fin, varios tipos de masajes y muchas conversaciones y consejos más que producentes (lo de la cucharadita de vinagre nada más levantarse es más que milagroso). Me pasa como con Irene, que yo a Noemí la veo y digo “con lo chiquitita que es no podrá conmigo”… ¡Ay que no! Es otra “persona perfume”, es enorme pero se presenta en frasco pequeño.  Noemí tiene un poder tan fuerte como el del Universo.

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Lo bueno que ha hecho Noemí en mí es ayudarme a armonizar mi cuerpo y mi mente, que tantos cambios habían desestructurado esta unión tan importante (Mens sana in corpore sano  y esas cosas). Su ayuda, junto a varias decisiones tomadas con menos esfuerzo del que creía que me haría falta, me está salvando la vida aquí (me está salvando de mí misma aquí, más bien) y enseñándome a disfrutar de todo lo que me dan estas tierras y del presente. Decisiones como darme otra oportunidad con las personas que se habían cruzado por mi camino pero se me habían metido entre ceja y ceja sin motivo, al idioma, a mis compañeros de clase, a decir no, bueno, a decir NO, a evitar el snobismo que caracteriza a la mayoría de habitantes de este país, a hacer dieta, cuidarme, quererme a mí, y querer más a Miguel, agradecer todo lo que tengo y ser realista en cuanto a lo que puedo conseguir, ponerme ciertas metas, motivarme…

Gracias a personas como Noemí, he vuelto a creer en el poder de la gente, en el poder de uno mismo y en el poder de las decisiones que tomamos, como su fuerza hace que todo el Universo se ponga a nuestro favor (“El Alquimista” ha hecho mella en mí, ¿no se nota no?) y nos ayude a conseguir lo que nos proponemos. Por esto decía que formamos parte de la Naturaleza y del Universo no sólo físicamente, sino a nivel espiritual. Pero esto os lo cuenta mejor LeanSelf.

(*) Sí, somos animales, racionales o no tan racionales, pero animales mamíferos, evolucionados teóricamente del mono, pero animales mamíferos omnívoros al fin y al cabo.

Caine, Poésy y Paris

Una cosa que me está gustando mucho hacer es ver películas y series que me hagan reflexionar. Igual es que yo soy demasiado sensible a todo, no sé, pero cualquier cosa que veo la extrapolo y relaciono con algo que me rodee o me esté pasando o … con mi vida y obras vamos. Parece que se está convirtiendo en una extraña manía con la que, casi sin darme cuenta, estoy creciendo yo misma por dentro (bueno en estas fechas y con tantos bombones y polvorones, también por fuera).

El último filme que ha hecho hincapié en esta nueva costumbre es “Mi amigo Mr. Morgan” (Mr. Morgan Last Love, voy a obviar la malísima traducción que hacen de los títulos de las películas). Es una película alemana en la que, bajo mi percepción, se mezclan de una manera un poco confusa la obviedad del drama romántico estadounidense con la profundidad de enfoque europea sobre temas como el amor, el duelo, el abandono, los celos, la soledad y la desintegración de la familia; poco menos se puede esperar de tal mezcla franco-germana- estado unidense, or something like that. No tiene precisamente buenas críticas, no por Poésy ,que aun no se la ha visto en grandes papeles aunque a mí me encanta (con ella y con Audrey Tautou podría morir de amor), sino por Caine, del que se esperaba mucho más en un filme que no deja de ser sentimentalismo y evocación puros, de no ser por el inapropiado giro final, con el que te preguntas “será precís?”

Todos tenemos una grieta por donde pasa la luz.  Siempre hay alguien que aporta luz a nuestro mundo. Es nuestra grieta.

Hay una grieta en todo, es por ahí por donde entra la luz.
Siempre hay alguien que aporta luz a nuestro mundo. Es nuestra grieta.

La cuestión es que todos los temas que baraja la película, aunque no lo hace de la mejor manera o, al menos, no la más original, son para pensar. Ese tipo de temas en el que no nos paramos a reflexionar hasta que alguien o algo nos los pone en las narices. ¿Estás o te has enamorado? ¿Cómo pasaré un duelo por alguien a quien quiero? o ¿Se acabará alguna vez esta pena que siento por la marcha de….? ¿Si me dice que me quiere por qué habla con la otra persona? ¿Esa mano? ¿Y yo por qué no? ¿Por qué no soy válida/o yo y si la/el otra/o? ¿Seré la única persona que siente que está sola en este mundo impregnado de tecnología y redes sociales? ¿Habrán más como yo? ¿Por qué no siento que tenga un hogar para volver? ¿Está lejanía que siento de todo mi entorno es normal?

Sí, muchos de nosotros somos un interrogante continúo. No oséis decir que no (que me enfado y no respiro). Nos hacemos miles y miles de preguntas que no dejan de ser negativas y poquísimo beneficiosas para nosotros mismos. Nos sentimos amados, odiados, acompañados, abandonados, solos, y todo por igual. Esto es por la gente con la que nos rodeamos. ¿Por qué dejamos que nuestro entorno nos haga tener malas sensaciones? ¿Por qué, con la de personas que pueblan la tierra, nos quedamos a veces con las que no nos aportan nada o nada bueno? ¿Por qué llega un punto en que no tenemos un límite a la hora de eliminar a esa gente y nos vemos solos? Porque no sabemos gestionar nuestros propios valores, nuestros sentimientos, lo que queremos y esperamos, lo que estamos dispuestos a dar y a perdonar, porque nuestro día a día no nos deja tiempo de pensar, de disfrutar de nosotros mismos, de conocernos y estudiar nuestros límites y lo que no son límites.

¿Lo que yo creo y que esta película me ha puesto en evidencia? Puede ser que nos sintamos solos, pero no somos los únicos. Rodearnos de buena gente, que nos aporte todo lo bueno que tenga y nos haga querer ser mejor persona, está sólo en nuestra mano. No hace falta que sea mucha gente, solo la necesaria para apagar esa chispita de soledad, de negatividad y de amargura que se enciende sin avisar. Pero para eso, tenemos que conocernos a nosotros mismos.

¿Te has tomado un café contigo mismo/a y te has contado como te va y que quieres en la vida? Hazlo.